Una jornada particular

por soylalarva

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Dice Amando de Miguel; “Pocas cosas tranquilizan más que hablar con los amigos ─también a veces con los desconocidos─ de las enfermedades propias. Da la impresión de que el intercambio de diagnósticos, síntomas morbosos, remedios, tratamientos y secuelas tuvieran un poder anestésico, tranquilizante. Aunque también sucede que tal exhibición de los males del cuerpo equivale a desnudarse y, por tanto, puede dar pudor. Razón de más para extraer la parte de placer que hay en todo ello.

Pocas cosas reafirman más que un trío de supervivientes de cáncer de mama hablando de tetas. En ese corro de la patata no hay pudor ninguno, el trío sabe que enseñarse las cicatrices es terapéutico y hacer chistes sobre las prótesis mamarias; yo tengo una de Sofía Loren y la otra de Afrodita 1 y que no te miren con una suerte de compasiva vergüenza ajena es un gozo inexplicable con efecto placebo.

El día de San Valentín quedo con las Ágatas en la La Masía del Roxy para darle homenaje al valor (valor, valiente, valentín que ripio más malo) y poner en común proyectos, ruegos y preguntas. Las Ágatas siempre arriman el hombro cuando se navega en el mar de dudas.

Sobre el mantel blanco y las copas de vino rojo como la sangre, buñuelos de bacalao y un desparrame de efectos secundarios a corto y largo plazo. Las Ágatas hacen un registro de ellos para una aplicación de móvil de apoyo para cuando estás de quimio de mama. Así las cosas, entre las nubes amnésicas y que te estaba yo diciendo? el revolutum que es pasar revista a las adversidades pasadas, presentes y futuras, esas cosas dan mucha risa. Al lado de la servilleta y los huevos rotos con jamón (un regocijo para el colesterol) afirmamos que lo que llamamos efectos secundarios y tardíos, se cronifican en una o varias mutaciones químicas y la acumulación de metales pesados nos marca de por vida. Son cosas de celebrar por todo lo alto.

Mesa con mesa, un matrimonio octogenario  celebra su San Valentín de toda la vida y da cuenta lentamente de un cava catalán, de toda la vida. La octogenaria, de moño muy plateado y escultórico,  nos mira de reojo primero, solo acercando la oreja adornada de una perla de toda la vida. Quizás, por efecto del cava, quizás por el octagenario silencio reinante en su mesa, cada vez que levanta la copa y la ceja, nos mira, más interesada en nuestra algarabía farmacológica.

Nosotras a lo nuestro, a entender la magnitud de la palabra secuela, aceptar los dolores visibles e invisibles y caminar por este filo de la navaja arrimando el hombro, tomando nota, poniendo piedrecitas en el camino para no perdernos por los pasillos de los hospitales.

Se sobrevive claro, la vida tiene un precio y no hay más cera que la que arde, como decía madre.

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