El Doctor X

por soylalarva

rayosX en los ojosVisita sorpresa con el doctor llamémosle X,  uno de esos calvos peludos, vamos que la ausencia de pelo de su cabeza, crece en abundancia en su barbilla. Me tiende la mano a través de la mesa, no sé si como amigo o como enemigo.

Mira mi piel de lejos, sin tocarla, con los brazos cruzados y me pregunta como reacciona al sol.

La pregunta es de primero de enferma, no? ¿por qué un médico me pregunta a mí, insignificante paciente cómo reacciona mi piel marmórea al sol?

 -Mal, le digo y  por eso antes del verano siempre tomo betacaroteno. Mal Grettel, muy mal, eso no se dice en este Santo Lugar, calladita estás más guapa. Esa mano que me tendió el doctor X a través de la mesa, se suelta, con un gesto estilo Van Helsing.

– Ah! vitaminas! ¿para que tomar vitaminas sin tener avitaminosis? Anda, vístete que lo vamos a discutir.

La supervisora super maja super amable super si eso es normal, a la que ya le he pillado el juego dice alarmada;

-¿A discutir?

-Mujer, será a debatir, digo mientras me visto, sabiendo, que me van a clavar el sermón de la montaña.

Mientras recojo mis restos escucho al doctor X disertando sobre el betacaroteno con la supervisora super maja super amable super si eso no es nada, que no sabe lo que es ni para que sirve. En cuanto me siento frente a él, abre fuego.

-Yo no creo en las vitaminas.

Y yo pienso, para mis adentros, sin intención de sacarlo  para mis afueras, con un sofocón que parece que estoy ardiendo en el infierno subiéndome por la médula; “ni yo en la medicina y aquí estamos”.

Y le miro con los ojos abiertos como platos, sin decir esta bocaza es mía. Y entonces es cuando  me dice que a él le gusta empatizar con el paciente que está al otro lado de la mesa y yo sin poder contenerme,  le digo;

-No sabe usted, cuanto me alegro.

Y él sigue; a él, como paciente, le gustaría estar informado, así que va a informarme de que es la radioterapia

Y yo pienso; “ilústreme por favor, venga a nosotras su reino”

Y me cuenta que la radioterapia que recibo es como si me hicieran una radiografía, que no es mala, que no tiene efectos secundarios visibles ni inmediatos.

Y yo pienso;

A, si no es mala, ¿por qué corren las enfermeras a guarecerse cuando se enciende la luz roja de la máquina?

B, si no es mala,  ¿por qué cuando te hacen una radiografía te ponen un delantal de plomo?

C, si no es mala, ¿por qué mañana y lo que queda de tratamiento no se queda usted a cogerme la manita durante la fritanga?

Pero yo callando, nada más lo pienso por lo bajinis, porque eso sí que tengo claro, no le voy a regalar ni una gota de mi abundante veneno termonuclear, con mi mirada frigorífica le vale.

El doctor X sigue ilustrando mi supina ignorancia y me dice que a estas alturas del tratamiento y las sesiones que llevo a mí no me pasa nada de lo que  digo (de lo que le dije a la enfermera supermajaquetecagas más bien) que me pasa, me va a pasar la semana que viene, entonces sí que me va a pasar que la piel va a estar como de piedra, y la teta se inflamará y cambiará de color y habrá dolor interno. Eso que yo le digo que me pasa, pero que no me toca hasta la semana que viene, a partir del miércoles. Que lo que pasa es que algunas personas somos tan sensibles y nos miramos tanto el ombligo (a eso yo le llamo hacer foco, que es más fino) que nos obsesionamos y claro, nos pasa lo que no nos tiene que pasar…todavía. Y yo, sentada frente a él, con mi cabeza de skin head y mi camiseta de The Goodfather  pienso que de ahí me mandaba a la  psicóloga a la que ya voy para que me ilustren también lo de la obsesión. Y como me cuesta centrarme en entender el idiota (una cosa es hablarlo y otra entenderlo) para cuando vuelvo a escucharle,  el Doctor llamémosle X ya ha terminado su lección y me despacha hasta la siguiente.

Reza tres padresnuestros, 6 avesmarías y sigue dándote Nivea.

Me voy sin decirle que esa misma conversación la tuve con un colega suyo hace justo un año y en vaya jardín me veo ahora. Me voy relinchando por los pasillos, haciendo sonar mis tacones a galope tendido, tengo un amigo escritor que dice que los caballos mueren porque les explota el corazón.

Y varada en la parada del bus pienso que me he quedado con las ganas de desearle a la enfermera super maja super amable y super si eso no es nada, ni más ni menos que un poquito de lo mío, total nada, un viajecito de largo recorrido por este maravilloso mundo y una supervisora como ella, super maja que te cagas, que la supervise.

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