La espuela

por soylalarva

la espuela

Martes, 13 y toca la última.

Falda roja y  medias de rayas, para celebrar que no voy a volver al Txoko del Canceroso. Me siento pizpireta y dispuesta a todo. La mezcla de Lyrica y Fortecortín me pone eléctrica y el subidón me da la falsa felicidad de que voy a recibir por la vena, el elixir final. El entusiasmo es siempre una fuerza motriz, dice Cirlot y también un continúo autoengaño.

“Dame veneno que quiero morir, 

que antes prefiero la muerte que dormir contigo”.

Dejo listo el escenario de la caída; mis sábanas favoritas, mi pijama favorito, mis libros apilados, mi tintura de marijuana, mis bolitas homeopáticas y el aceite esencial de lavanda, cuadernos y cremas, todo lo que alivia y sana, sana, sana, ojos de ruana, eso me decía mi Hermana número 3 cuando yo era pequeña .

Cuando llego al Hospital de Día, la sala está llenita de zombies. Zombies que duermen, zombies que leen el Hola, zombies que hacen sodokus. La enfermera rubia de bote, intenta pincharme en la mano y aunque le digo que mejor  el brazo,  sigue diligente a lo suyo y… No! Y lo intenta un poco más arriba y… Tampoco! Mientras  yo veo con total claridad la Vía Láctea,  va a buscar ayuda y deja mis venas en manos de un enfermero con muchas horas de vuelo.

“Tú rompes mi corazón, eres el ácido de mis venas”

Abro “El Tejedor” de James Sallys y arropadita, empieza a correr el Docetaxel por 6ª y última vez.

A fin de cuentas, supongo, no era tan diferente de la forma en que todos creamos nuestras vida con retazos, un trozo de libro por aquí, el título o el texto de una canción por acá, esbozos de personas que hemos conocido, fragmentos de películas, imaginándonos Nosotros mismos y viniendo según esa imagen, luego pasando a otra, improvisando y avanzando día tras día a través de los años que llamamos vida

cabeza de venusCreo que me quedo ligeramente dormida y que despierto con un calor opresivo,   que me abanico con la mano libre y la enfermera rubia de bote me mira y me dice; “¿que te pasa?” y  yo le miro y ella apaga la máquina.  Hace mutis por el foro. Vuelve a escena con la doctora  V de primma ballerina y su cuerpo de baile.              Y danzan a mi alrededor para tomarme la tensión y la temperatura  y el pulso y para auscultarme y ponerme oxígeno y añadir bolsas de cortisona y de antiestamínicos y yo, preocupada de que no se mueva el turbante.

“Que descanse” dice la doctora V y salen de escena dejándome con todos los cables colgando, mirando  a la afición, que dispuestos alrededor de la sala y ataditos a sus máquinas y sus bolsitas, no se han perdido ni coma del espectáculo.

Tal vez me duermo o me despiertan y dicen que van a encender la máquina. Cuando la encienden, mi cuerpo vuelve a llenarse de fuego y vuelven a parar            y   a añadir bolsas, y a encender la máquina y a apagar la máquina.

Nos quedamos solos, el enfermero con muchas horas de vuelo, haciendo horas extras de gratix, yo y la señora de la limpieza tóxica. Un joven oncólogo de guardia; flequillo al biés cubriéndole los ojos y el pantalón cagau, se sienta a mi lado y me dice muy de tú a tú; “a ver, no será que lo que tienes son los sofocos de la menopausia?” y yo, noqueada en mi sillón, con mi brazo yonqui taladrado de agujas y llena de droga, le lanzo una mirada gélida como la de la Reina de las Nieves y le digo suavemente, desde las profundidades abisales del océano; “yo no tengo la menopausia, no menstruo desde que ponéis este veneno.”

Y me hubiera gustado añadir; “para hablar conmigo, súbete los pantalones”  y darle un biberón de cicuta.                  Y me hubiera gustado fulminarlo con un rayo gamma que se me ha quedado incrustado en el lagrimal.                    Así las cosas, el joven oncólogo con flequillo al biés y pantalón cagau  enciende la máquina.

Y cuando llevamos ya 6 horas dándole vuelta y vuelta al sofocón y apaga la máquina y enciende la máquina, el enfermero, apiadándose de mis restos humanos llama de nuevo y aparece la doctora A,  mi rubia y dulce oncóloga, aquella joven doctora de melena ondulada que me dictó la sentencia, cuando las hojas ni habían caído de los árboles. Me mira y, con una ternura que le agradezco con lo que me queda de corazón, dice; “Apaga la máquina”.

Napalm 5 Grettel 1

sirena 1

Y me  sueltan la bridas y salgo de allí como alma que lleva el diablo y drogada hasta última  escama.

Y me sumerjo en la bañera de agua hirviente con sal del Mar Muerto.

Y me arrojo a la cama con mi pijama azul oliendo a lavanda.

Duermo 48h.

Y me levanto siendo todavía una mujer de 46, con la estructura física de una niña de 14 y los achaques de una anciana de 80.

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