Soy una larva

Mes: noviembre, 2012

She lost control…again

Sentir en la boca perpetuamente un aroma de fundición, por ejemplo; Chernobil.

El estómago bloqueado por una barra de hierro, por ejemplo; Altos Hornos.

Por las noches me acosan unos fuegos nucleares,  mi cuerpo irradia una fiebre  fría. Me destapo quemada por dentro y se me queda el cuerpo helado.

Siento que me suben las lágrimas sulfúricas a los ojos, y lloro, lloro casi sin darme cuenta de que estoy llorando presa de no sé qué angustia vital. Salgo de la cama dando tumbos, ahogándome en suspiros acongojados, a refugiarme en el baño y llorar  agazapada en un rincón, queriendo esconderme de mí misma, embadurnada de lágrimas, susto y  lástima.

Sentirte patética y no poder pararlo.

Sentir una furia ciega, una cólera que solo saciaría matando con mis propias manos, sentir deseos tremendos de hacer daño a alguien y que le duela, que le duela como me duele a mí.

El torrente de ira y sudor frío me recorre violento y me acojona por partes iguales. Que pena me doy y que poco me quejo…

Busco palabras, y como no las encuentro, apelo a las grandes, por ejemplo Charlotte Brönte:

“Toda la conciencia de mi vida solitaria, de mi amor perdido, del naufragio, de mi esperanza, de mi fe agonizante se abatió sobre mí de lleno, como un macizo de sombras. No es posible describir la amargura de aquella hora; las aguas anegaron mi alma, me hundí en el cenagal sin fondo, donde no hacía pie, hasta lo más profundo de las aguas. La riada se había apoderado de mí”

Jane Eyre, Charlotte Brönte Traducción de Carmen Martín Gaite.

 

Amor de madre y 2

Mi hijo adolescente, gozosa criatura de temple que me sorprende día a día,  cuando  me ve perdiendo pie en las tinieblas tóxicas me dice;  “yo no voy al cole, no te dejo así”.

Mientras desayuna copiosamente  yo le miro a través de la niebla, me habla de las bondades de esta canción, me dice muy seriamente; “tú ahora la tienes que escuchar mucho, todos los días, vale?”.

Mi criatura adolescente me escribe mensajes cuando me toca ir de kimio. “Mamá,  has escuchado: Don´t stop me now”?

Mi criatura adolescente, gozoso ser nuevo, grande y todavía libre de casi todo,  sí que sabe.

El punto de la doctora G

Me preguntas qué espero del oriente.

Noticias de mis naves, no. Tampoco

la solución feliz de la contienda.

Nada aguardo aunque envíe mensajeros.

Ni un milagro ni el brillo de un diamante.

Me engaño solamente, y eso basta.

Julio Martínez Mesanza “Europa”

Incluyo en mi vocabulario hospitalario palabras desconocidas hasta ahora para mí;  PIC, Simulación, Consejo Genético, Radioterapia.

La mujer que abre mi PIC, (que es un catéter que asoma por mi brazo y entra por mi vena azul marino de yonqui, directo al corazón) se llama Camino. Una vez se acostumbra una,  te paseas por las consultas y los pasillos del hospital y te entregas a camillas y tacs, enfermeras y salas de espera con resignación. La automatización completa hace que todo parezca más fácil.

Neus lo decía;  “allí en el campo había que aprender el oficio.”

Esto no es Ravensbrück querida Neus, pero también hay que aprender el ofico.

Subo y bajo por los pasillos del hospital, al sótano -2. Acudo a mi cita con la Simulación. La doctora G va a explicarme mi tratamiento de radioterapia. La doctora G lleva la armadura pulida, tanto que me veo reflejada, chiquita, con la mirada perdida y el cuerpo escuchimizado al lado del suyo, desbordante de salud y kilos. A la doctora G, se le ve el yelmo de lejos. Orgullosa, bruñida, como una alcachofa, inabarcable, no hay ningún resquicio por donde llegue la desesperación de la enferma que después de un año de ir y venir por pasillos con rayas verdes y amarillas y exponerse a todo tipo de pruebas, operaciones y salas de espera, tiene el humor más negro que la boca de un lobo, echa espumarajos verdes por la nariz, pestes vitriólicas por la boca y rayos de dioxina por los ojos.

La doctora G escucha con condescendencia mi discurso anti radioactivo, nuklear no gracias, y es entonces, para zanjar el tema, cuando aparece el Santo Protocolo del Hospital. Amén. Cuando le digo que tengo que pensármelo y pido un informe por escrito, que me explique realmente la magnitud de mi tragedia, la distancia entre nosotras se abre como un foso llenito de cocodrilos y pirañas. La piraña de la duda, el cocodrilo de la segunda opinión. Y me dice lo mismo que me dijo un médico cuando yo era más joven y más tierna y madre moría de cáncer o a causa de los tratamientos a ojos vista en este mismo hospital lleno de rayas amarillas y verdes y yo inocente de mí, le pregunté a un médico que solo nos daba malas noticias que por qué, si la medicina le había ayudado a vivir, no le podía ayudar a morir. “A ti lo que te pasa es que estás deprimida”, me dijo aquel. Y hoy,  20 años después, la doctora G, me repite lo mismo, en el mismo hospital, mira qué bien.

A eso le llamo yo cerrar un círculo.