Arder en el infierno

por soylalarva

Me despierto envuelta en llamas, empapada en miedo, ciega, sorda, muda y asustada. “Esto es arder en el infierno Grettel, mon amour” me digo.

La doctora A dijo se te caerá todo el pelo entre la primera y la segunda sesión. Y justo antes de la segunda cae, en efecto, algo saben.

Cuando dicen que se cae, una, en su infinita inocencia, se ve de un día para otro con la cabeza limpia y suave como la espalda de un bebé. No se puede imaginar el proceso, de sorpresa, asco, vergüenza y tristeza.

Me miro desnuda, al completo, sin nada que me cubra.

Nada más que el cuerpo blanco  lleno de lunares.

Se me queda el pelo en la mano, seco y muerto como el de una muñeca desahuciada. Lo que queda pegado al cráneo, mínimo,  la misma esencia de una, es de un color extraño, casi blanco, casi naranja, como la pelusa de un pollito asustado.

Solo me falta el traje a rayas, la estrella y el número ya los tengo;  482672. Ahora sí, lo he conseguido, Herr Doktor, ahora estoy en ese campo de exterminio del que me decías tenía que salir, el cáncer es mi campo de exterminio.

Mi pelo blanco queda en el suelo, en la bañera, en la almohada,  en montones desperdigados, desparramados. Y yo agito la melena y lo dejo caer desde el balcón bañado por el sol, caen, y entristecida les digo adiós, como si fueran mis cenizas.

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