Soy una larva

Mes: junio, 2012

El baile de la toxicidad, 16

En el Hospital de Día las enfermeras bailan el baile de la toxicidad, ninfas armadas de agujas hipodérmicas me pinchan y me conectan a mi monitor. Van y vienen cambiando bolsas que llevan mi nombre, cada vez que cambian la bolsa cubierta de amianto me preguntan el nombre, que miedo eh? … vaya a ser que no sea lo mío y me pongan veneno ajeno. Van y vienen como ondas de azul con la mascarilla puesta, vaya a ser que te contagien una tos y la jodamos, vaya a ser que se contagien ellas con tanto veneno de marca personalizado. Veneno a la carta. Entran líquidos de colores que me enfrían las venas y me anega una riada de medicación. Después de 4 horas, me mandan a mi casa en coma tóxico. Me siento fantasmagórica, lisérgica.

Como decía la canción soy metálica en el jardín botánico.

Y los sueños, sueños son

Sueño que me veo por dentro y soy una tierra roja y porosa como  Marte, sueño que estoy asomada al borde de mí  misma y veo que no me queda nada más que cráteres vacíos y lava.
Sueño que tengo el pelo largo y enmarañado y quiero peinarme y mi pelo es el pelo de la bruja más fea y más estropajosa que haya visto en mi vida. Y me lo toco y se me queda a mechones ondulados, tiesos, negros y blancos, de bruja piruja, en las manos.

Sueño que  toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Invadir Polonia

Antes del día D se prepara el cuerpo y la mente como para ir a invadir Polonia. Por momentos cunde el ardor guerrero y las más de las veces el pánico a lo desconocido. Ese es el miedo sordo del soldado ante el fragor, a lo lejos, de la batalla que se acerca. Esta es una guerra bacteriológica. Está el bicho, que es el malo. La medicina y el tratamiento  que son los buenos y yo que soy mujer, como no, el campo de batalla.

He leído por ahí que este es un gran viaje y que no se vuelve como se fue.

Ya no seré la misma nunca más. Forevermore.

Nada y así sea

Resistir es vencer”  se dijo Shakelton con un mar de hielo como único horizonte.

Remedios

Algunos dicen; ah eso no es nada, a mi hermana le pasó y ahora está estupenda, ahora la ciencia ha avanzado mucho, no es para tanto.
Ya no son tiempos de cuando madre enfermó. Mujer no será para tanto y yo me pregunto entonces; realmente ¿qué es para tanto?
Algunas amigas queridas me envían teorías sobre las constelaciones familiares y herencias emocionales, carencias ancestrales, historias de fantasmas al fin, sin fin. El amor abrumador y la sororidad feminista me dan palmadas en el hombro, y yo como de rabieta.
Una suerte interminable de lecciones sobre nutrición, salud, remedios de la abuela, de la bisabuela y la tatarabuela se me acumulan junto a los libros científicos, teorías alternativas, institutos lo más de lo más in en California, dietas macrobióticas, raices ancestrales que vienen de los mayas y conferencias compartidas por Internet que invalidan los tratamientos médicos a los que tengo que someterme y ensalzan la medicina alternativa.
El poder de la mente como único aliado de esta guerra, que sea como sea, cadena mortal de mis ancestros o producto de una alimentación inadecuada, tengo que librar yo sola. Rodeada de bienintencionados y bienintencionadas, amigos y familiares, hermanas y conocidos, médicos, oncólogas, enfermeras, amigas incondicionales y compañeros de viaje, sobrinos favoritos, osteópatas, naturistas y homeópatas, me dispongo a la batalla.
Después de hacer como que hago caso a todo el mundo y como que me leo todo lo que me envían, decido dar carpetazo.
Este camino es una travesía en solitario.

Amor de madre

Cuando yo tenía 14 años, madre sentada a la mesa de la cocina me dijo; “tengo cáncer, pero no me voy a morir”. Murió 10 años después, después de repetir ese mantra durante unas cuantas operaciones, transfusiones de sangre, varios tratamientos de radioterapia y quimioterapia que junto con la metástasis le llevaron a la ruina física primero y después a la muerte.
20 años después me siento a la mesa de la cocina con mi hijo de 14 años y le digo; “tengo cáncer, pero si tú puedes, yo puedo, juntos vamos a poder, vale?” y esa gozosa criatura de la naturaleza que he traído al mundo me dice; “vale” y se va a echar un partido de baloncesto.

El Asedio

“A los oncólogos, a la hora de tratar el cáncer, se nos ha enseñado una medicina que se basa en destruir las células tumorales en lugar de intentar restaurar las rutas metabólicas que son las que han sido dañadas y finalmente llevan al desarrollo del tumor. Y lo que se trata es de entender que si modificamos el “terreno” es posible hasta revertir la evolución de las células tumorales o provocar su suicidio. Se nos dice que cuando aparece un tumor lo primero que hay que hacer, si se puede, es “cortarle la cabeza”; es decir, usar la cirugía. Y en caso de no poderse se plantea entonces la radioterapia; es decir, achicharrar al tumor, “enviarlo a la hoguera”; bueno, más bien llevar la hoguera hasta él. La otra opción sería la quimioterapia, es decir, “envenenarlo”. Y se añade gratuitamente que si todo eso falla no se puede hacer nada más. En suma, al oncólogo moderno se le sugiere que puede “cortar, quemar o envenenar”, acciones más propias del siglo XII que de un sofisticado siglo XXI.”
Dr Albert Martí Bosch.

Protocolo

Me siento ante la doctora A joven y fresca, con muchos papeles delante y la correspondiente distancia de seguridad entre nosotras. Detrás, en otra mesa, un enfermero con gafas de pasta, listo y dispuesto para lo que mande el protocolo. En todo esto hay un protocolo de; por aquí el soma. Me dice que dadas las características de mi bicho, (no sé si el pobre bicho incomprendido o mi yo recluido, la Grettel) es de una magnitud suficiente como para tener que aplicarle 6 sesiones de quimioterapia a razón de 4horas cada sesión, cada 21 días. Cuando haya acabado con esto o esto conmigo, 6 semanas de radioterapia a razón de sesión diaria.

Son unas cuantas raciones.

24 horas de Quimioterapia bajo el esquema TAC. Esto es un cóctel infalible de; Docetaxel, Adriamicina y Ciclofosfamida.

7 horas completas de Radioterapia.

La doctora A, joven y fresca y rubia de cabello ondulado me dice que se me caerá el pelo entre la primera y la segunda sesión de kimio (así con k queda ya como colega de toda la vida), que puedo tener diarrea, fiebre, vómitos, llagas en la boca, mareos, dolor en los huesos, puede arderme la cara e hincharse, dejaré de menstruar, que sumaré los efectos de la kimio los de una menopausia inducida por el tratamiento, que tendré fiebre y que me cambiará el carácter, que todo lo que me pase será culpa del tratamiento y que el tratamiento tiene efectos diferentes en cada persona. Que si mi fiebre pasa de 38 o siento que algo es demasiado raro (¿qué es demasiado raro?) tengo que subir rauda al hospital. Me receta remedios para la diarrea, para los vómitos, para las llagas de la boca y para toda la suerte de dolores posibles e imposibles y me entrega dos libros; uno para que lo leamos toda la familia y otro con los centros de estética recomendados, para que el impacto súbito sea menos súbito, y dicho esto y extendidas las recetas me pregunta cuando quiero empezar.

Y yo le pregunto; “¿A correr?”.

Tópico de cáncer

Todos dijeron que el cáncer no duele.
Y al final, lo que me dolía era un cáncer.
A mí, me dolía.