Escribir, tal vez morir

por soylalarva

Herr doktor,

me dice usted, escribe como si fuera el último día y sigue el hilo de los pensamientos, de las heridas que se abren y se cierran. Herr doktor pienso en eso de hacerme daño, del cuento de Chejov que me contaste el otro día, del médico y el enfermo que muere de tuberculosis, de dolor de dentro, de hacerse daño por  perder a su mujer adúltera.

Pienso en qué ha sido lo que se ha roto, para sangrar por dentro.

Con un balance exhaustivo en forma de insomnio, me hago una composición de los hechos acontecidos desde que el quiste me empezó a doler y a crecer, y me asustó porque yo me doy perfecta cuenta del nacimiento de mis quistes nuevos, a pesar de lo que digan los biomecánicos.

Yo no soy capaz de asumir que me lo hago yo, que soy responsable de mis enfermedades, de mis tumores, de mis neumonías y mis alergias. Puedo asumir que mis crisis nerviosas sean cosa mía, mi propia locura intransferible, pero no me siento capaz de asumir que soy yo misma quien se provoca una enfermedad mortal.

Abocada a las manos de los biomecánicos, no me quedó otra que tragar con un gran martirio de pruebas médicas, mamografías, ecografías, venga tocar y retocar mis pobres pezones, mis quistes acuáticos cada vez más tensos, repitieron las pruebas dos veces y puede que hasta tres, vaya a ser que sea esto o aquello. Ya con el miedo en el cuerpo ante lo inevitable de la herencia genética, me senté en la sala de espera de un hospital público, oscuro y tétrico en la unidad de mama, para que me hicieran una punción y extrajeran líquido de mis múltiples quistes para analizarlos. Habría estado bien que la muestra fuera solo de uno, pero no, ya de paso, pinchamos el globo y vaciamos, ¿no? Vaciaron en el mejor estilo Torquemada, con un biomecánico muy joven y aseado que olía a recién duchado y yo con los brazos por encima de mi cabeza, mirando la pantalla para que apuntara bien y no me hiciera una escabechina allí mismo al lado de mi pezón derecho que todo puede pasar. Hay que buscar, cuando la aguja está dentro no vale con pinchar y hay que extraer todo el líquido hasta dejarlo seco, cuatro grandes jeringas de agua turbia con una presión magnífica de chorro hidráulico que asombraba sobremanera al joven médico y su asistente. Total, eso no es nada y eso fue lo que dijo el Jefe de la Unidad de Mama, total mis hormonas, total, lo nuestro, que somos mujeres y a mí que me dio mucha mala espina. Y dirán y diréis que el cáncer no duele, claro, pero a mí esto que roe por dentro y que no pincharon, me da repelús.

El Jefe de la Unidad de Mama dijo que mi fábrica de quistes acabaría con la menopausia, y yo, furiosa con los ojos llenos de lágrimas, le espeté; “pues espero tenerla rapidito”. Y me fui dando un portazo, igualita que Bette Davis en “Eva al desnudo” cuando dice aquello de; “ajústense los cinturones, esta noche vamos a tener tormenta” .

Y resultará que, según sus teorías herr doktor, yo quise hacerme más daño y vengarme de todos y así ser por fin el centro de atención y a las alturas del tórrido verano me había hecho una mastitis de libro de texto, curiosamente en la teta derecha, esa que yo sabía de antes que me roía por dentro. Ya sabemos que los males salen de una, son el propio veneno, la repugnancia, la rabieta.

Y también sabemos, que el cáncer no duele.

Así que volví a encontrarme en manos de los biomecánicos y a dejarme poner contrastes en la vena que dan vértigo y pánico dentro del tubo del escáner y a hacerme biopsias que suenan como un disparo en la sien. Pasamos entonces al segundo término del protocolo el que hace las pruebas definitivas y claro que fueron definitivas y fue entonces cuando por fin conseguí llamar la atención de mi médico y me miró a la cara por primera vez.

Pasamos entonces al segundo término del protocolo
el que hace las pruebas definitivas y claro que fueron definitivas
y fue entonces cuando por fin conseguí llamar la atención de mi médico
y me miró a la cara por primera vez.

Y dijo, en su línea habitual, que no era nada, que total un quiste de nada, que se quitaba y se analizaba un ganglio y que ya! que ni siquiera haría falta quitar los ganglios. Vale, bien, pues venga vamos, que no se diga que soy una cobarde.

Como ya estaba preparada para recibir esa noticia aún no deseándola pero sabiéndola, pues el derechazo fue un alivio, porque claro yo no estoy loca. Eso que yo noto por dentro y me rumia cada vez más un perro rabioso es aquello que yo supe desde el principio, pero ustedes médicos tradicionales y adictos seguidores a la ciencia según unos y la pseudociencia según otros, no me hicieron caso.

Herr doktor, el bicho es una corriente de aguas turbulentas, con todos sus saltos y pedruscos, un temblor que se me escapa por la boca. Yo no sé controlar al bicho, digo, el bicho me come.

Y era verdad, ya me comió, ese bicho al que tanto miedo teníamos en forma de mi espantoso carácter, era otro bicho que me acecha desde que se inventaron eso de la herencia genética, ahora creerá que me confundo de bicho, pero no.

El bicho echa humo por la boca emponzoñando mis células y secuestrando a la Grettel, (¿cuánto hace de eso?) que hay en mí, a esa que tengo que ir a rescatar, y va a ser que si no bajo por las escalera de caracol hasta las mazmorras de mí misma no voy a tener paz en esta vida ni en las otras. Tengo que liberar a Grettel y domesticar por las buenas al bicho, vaya a ser que también sea un incomprendido y tenga sentimientos y por eso me lanza dentelladas y me hace sangrar, pero por dentro. Soy el único sustento de su alma inmortal. Pobre bicho.

Y yo, que ya ni me acuerdo de Gerttel. ¿Quién es esa? ¿Yo? ¿Qué yo? ¿Quién soy yo? Esa Grettel a la que usted apela y de la que yo no me acuerdo, quién será esa que anda por mi interior aullando como un alma en suplicio.

Usted dirá, que yo soy el principio de mi propio mal y eso que me muerde las entrañas soy yo, la Grettel en su campo de exterminio.

¿Y si yo soy mi mal? Estoy asesinándome, y todo por llamar la atención, ahí es nada.

Anuncios